martedì 7 marzo 2017

Emocionarse para aprender: reflexiones sobre la inteligencia emocional

La ciencia destaca algo que hasta ahora, al menos en educación, no parece haber sido tan evidente: las emociones juegan un papel determinante en el aprendizaje. Como bien dice Davidson, aquellos sentimientos perturbadores pueden dificultar el aprendizaje de nuestros alumnos, y por otro lado, la neurociencia certifica que sin emociones positivas no existe una construcción significativa del aprendizaje.

Partiendo de estas ideas, parece obvio que las emociones y su gestión deberían ser una tarea primordial en la escuela. Sin embargo, no lo es. Hemos dejado que el aspecto académico ensombrezca ese desarrollo característico del ser humano. Desde luego, no hemos apostado por una educación integral de la persona. ¿Dónde están las competencias emocionales, que por ejemplo señala Rafael Bisquerra, en nuestro currículum? ¿Seguimos aún programando mientas ignoramos este aspecto?

¿Están los docentes concienciados sobre ello? ¿Y cómo deberían formarse en este campo? ¿Siguen los nuevos titulados de magisterio accediendo al mercado sin la formación adecuada? ¿Cómo se define un docente emocionalmente competente? ¿Debemos ser expertos en la inteligencia emocional (intrapersonal e interpersonal) para poder trabajarlo con los alumnos?

Y, aceptando la premisa de que la educación emocional debe ir antes que los valores y los contenidos, ¿dejamos la mayor parte de este peso en la etapa de infantil?

Son muchas las preguntas que me vienen a la mente, pero solo una certeza: debemos integrar las emociones en el trabajo de docencia diaria. De eso no hay duda.

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